lunes, 2 de mayo de 2011

Arabesque Noir - Parte 1ª

   La luz se entreteje en el ambiente al alba a través de la ventana. Las sombras que producen los pocos rayos que se aventuran a entrar desfiguran los perfectos cuerpos yacentes en la cama. De pronto suena un viejo timbre de despertador que estremece al hombre. La mujer, a su lado, permanece fuertemente agarrada a su torso como si su último aliento dependiera de ello. El timbre sigue sonando y ninguno hace nada para pararlo. Permanecen quietos como esperando que se calle, que no estropee esta sensación tan maravillosa antes del despertar, cuando aún te estás destetando de la fase rem, cuando aún sigues en el sueño,  apunto de aterrizar en la realidad, en esa línea divisoria que se hace más y más fina con el rumor estridente del timbre. Entonces el hombre decide lanzar su brazo derecho a ciegas para golpear el despertador y hacer que pare. Lo alcanza y lo tira al suelo, pero no con la mano. Cuando se da cuenta, aún con los ojos cerrados, pretende averiguar que tiene en la mano y aprieta los dedos contra un artilugio de metal. Se despierta al escuchar como el tambor de su revólver gira y el martillo golpea, pero no dispara. Sonríe al ver que unos brazos femeninos le abrazan fuertemente e inusualmente gélidos. Con dificultad, se libera de esa prisión para incorporarse a la cama y dejando el revólver en la mesa auxiliar, repara en que el despertador aún sigue con su música.
-Cállate amiguito- Dice con un cigarro pendiendo de sus labios y a la espera de ser encendido.
Se levanta y comienza a rebuscar en la mesa auxiliar. De pronto para y vuelve a sonreír.
-Aquí estabas-
   Buscaba un zippo de platino con símbolos exóticos grabados. Lo abre intentando encenderlo pero no tiene gasolina. Entonces empieza a cachear en los bolsillos de sus pantalones en busca de unas cerillas. Una pequeña caja de fósforos de un local de copas le serviría mientras su encendedor permaneciera sin combustible.
-Arabesque Noir- Musita mientras avanza hacia la ventana abierta de par en par en la que ya se cuelan generosos rayos de sol.- Debió de ser una noche interesante.
   Tras contemplar el paisaje aletargado que se muestra al amanecer en la ciudad de París con un semblante trágico y melancólico, el hombre se da la vuelta para contemplar, ahora, la belleza de la mujer que lo aprisionaba en su abrazo.
-¡Maldita sea!- Exclama al ver la mujer muerta con un enorme boquete en el pecho- ¡Ahora tendré que lavar las sábanas!

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