domingo, 8 de mayo de 2011

Devuélvase al remitente

Granada, 23 de Octubre
2009

   Hacía ya bastante que no te escribía. Bien pueden hacer seis meses que no cojo una libreta y un lápiz y pienso qué contarte...
   Realmente ahora no sé de qué hablarte. Todas nuestras conversaciones parecen inócuas, incómodas en algunos momentos... parecen que hablan del tiempo y no van más allá.
   En fin, tomamos decisiones, unas más duras y otras no tanto, pero en el fondo todas son inevitablemente transcendentales de un modo u otro. Te estarás preguntando de qué hablo. Ya deberías saberlo. Deberías notarlo cuando hablo contigo y mi voz se desgarra tras mi imagen de felicidad. No digo que no sea feliz. De hecho esta es una de las épocas más felices. La cuestión es que no sé porqué. Es difícil saberlo porque no es lógico.
   ¿Es lógico que sea feliz ahora? ¿Es lógico que te diga estas cosas el día de tu cumpleaños? Ambos sabemos que no.
   Sabemos que es irracional que te diga estas cosas ahora, después de tantos meses de silencio que ha sido ya perdonado; irracional el hecho de que mantenga una reminiscencia voluntaria de ti; e irracional el hecho de que la necesite. ¿Acaso no es una forma de autodestrucción? ¿No se ha de evitar a toda costa todo esto? Hay poderes mayores que la propia racionalidad. ¿Sabes ya a lo que me refiero?
   Decía que a nuestras conversaciones les faltaba algo. Ese algo somos nosotros. Ambos sabemos que yo sólo sé hablar de nosotros. De lo que nos une y de lo que nos separa.
   Debería remontarme al día que nos despedimos para explicar mejor lo que ocurre: cuando colgamos el teléfonos sentí que no había hecho lo correcto, que había cometido un error portándome así contigo pero tenía que seguir adelante. Decidí olvidar y vivir desde otro punto de vista. Era imposible. Como aquel que no puede dejar de sentir su propio corazón y que cuando mira a cualquier sitio solo ve a alguien. A ti. Puedes imaginar lo duro que fue, al igual que puedo hacerme una idea de cómo te sentirás tú. 
   Sin embargo el tiempo pasó y mi metamorfosis due creando el ser que soy ahora. Metamorfosis decadente, metamorfosis ascendente. Según se mire. A los ojos de los demás sería ascendente ya que ante ellos parezco feliz. A los ojos de alguien concreto no soy más que inmundicia: ante los ojos de mi yo antiguo, persistente dentro de esta crisálida de feliz hipocresía.
 ¿Porqué digo todas estas cosas? Porque quiero que sepas que pese a lo que me cuesta pensar en ti de otra manera, -porque cada vez que oigo tu nombre mi alma se abre en dos personas diametralmente creadas para ser opuestas- aún así, saco tiempo para escribirte.
   Sé que no es justo decirtelo. No hoy. Y no es justo que cuando te hable por teléfono sea otro, que me convierta en ese ser hipócrita, mezquino en sí mismo y traidor de su propio corazón. Pero a día de hoy nada es justo. No son buenos tiempos para los idealistas, y la justicia es un ideal bastante extendido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario